Quizás lo único que nos salva de la quiebra son las
reminiscencias de ese gran imperio que todos se empeñan en recordar. Sí, puede
que Bankia no sea el mejor ejemplo de prosperidad, pero siempre nos quedará el
siglo XVI; Hernán Cortés y la superioridad táctica y moral española –tal y como
lo explican los libros de historia-, la recuperación de la Hispania Romana en
manos de los Reyes Católicos, y, si apuramos un poco, incluso podríamos incluir
aquí el Siglo de Oro español –resultado de la inestabilidad política del
momento, aunque esto último nunca se explique.
Quizás sea hora de reconocer que el patriotismo no
aporta nada más allá de la autocompasión –al menos en España-, y menos aún si
se trata de un patriotismo anclado en el pasado. Recordar cómo ganamos la
guerra anglo-española de finales del S.XVI no nos salvará de las súplicas de
David Cameron para salvar la eurozona. Ni siquiera el mismísimo Cid podría
hacer frente al Ministro Británico en sus peores días. De la misma manera, la
voz en off del Banco Central Europeo se hace difícil de ignorar, sobre todo
cuando la prima de riesgo amenaza con batir un récord histórico –no precisamente
bueno- y el déficit español se acerca peligrosamente a los números de Grecia
–el paradigma de todo lo que no se debe hacer.
Mientras tanto, Rajoy y Mas se van pasando la pelota
de la responsabilidad, y los patriotas convencidos –aquellos que día sí y día también
se visten con la camiseta de la selección- siguen reivindicando todo aquello
que fuimos y que nunca más seremos. España se convierte así en un microcosmos
de banderas con vida propia, de Fragas Iribarnes que en el fondo no eran tan
malos. Sólo luchaban por la patria. ¿Merecen ser perdonados todos aquellos que
atacaban al enemigo interno, siguiendo las directrices del fascismo, sólo
porque así podían saciar durante unos minutos –los que durara la masacre- sus
delirios de grandeza?
Parece que es tendencia en España atacar al más
débil y contentar a los que tienen la sartén por el mango, no sea que los
liberales nos obliguen a salir del euro. Y sino que se lo digan a Rajoy y su
obsesión por desacreditar a las autonomías. Mas se siente acorralado y sólo le
queda la retórica; pacto fiscal por aquí y por allá, pero nada de soluciones a
escala mundial. Porque nadie las tiene, y es un error creerse mejores que nadie
cuando todos son verdugos del sistema.
Las víctimas seguimos siendo los mismos; los que
reconocemos los errores y no queremos reconstruir la patria a la española,
porque todo lo que se hace a la española nunca funciona; los partidarios de la
revolución organizada, con un motivo y una finalidad –y no de la revolución porque
sí, porque sobra gente-; los que no le damos las gracias a Franco ni a nadie
por salvarnos del bolchevismo, sino que abogamos por una política parecida,
pero consensuada y eficaz. En definitiva, los que aún tenemos la esperanza de
cambiar las cosas y no nos resignamos a pulir el polvo de las estampitas que
venían con el Boletín Oficial del Estado.
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